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El precio de mirar hacia otro lado

Se cumple esta primavera 15 años del atroz genocidio en Ruanda, en el que milicias hutus radicales asesinaron a 800.000 tutsis y hutus moderados en apenas 3 meses, a un ritmo (333 personas macheteadas cada hora) tres veces superior al genocidio nazi. El conflicto estuvo alimentado por la llamada “comunidad internacional”, por denominarla de alguna manera, en la que los países más poderosos se habían estado enriqueciendo durante años con la venta de arma a uno y otro bando. Cuando se desató el conflicto, tal comunidad internacional miró para otro lado. Lo mismo que después ha estado haciendo en Sudán o en multitud de otros conflictos africanos. Salvando las distancias y con todas las comillas del mundo, algo parecido pasó en los Balcanes poco antes, con consecuencias como la declaración de independencia de Kosovo y el conflicto en Osetia y Abjasia del verano pasado, como recordaréis. De aquellas lluvias, estos lodos. La política internacional no se ajusta a cómodos plazos electorales de 4 años. Es algo mucho más complicado, con una madeja mucho más intrincada. La “comunidad internacional” debería aprender de una vez por todas de los errores cometidos y tomarse en serio a África, un maravilloso continente de una riqueza humana y biológica y una pluralidad y diversidad realmente excepcionales. 

Ahora que se hacen 15 años de aquel genocidio, me permito recomendar la lectura de un libro que ya leí hace muchos años, hacia finales de los noventa, cuando tenía no más de 19-20 años, y que me marcó profundamente: “Vagabundo en África”, de Javier Reverte. Se trata de magnífica literatura de viajes, en la que se hace un recorrido por toda la riqueza, diversidad, mezcolanza, grandezas y miserias de las sociedades africanas. Un libro imprescindible para recordar ahora el horror de hace 15 primaveras en la Región de los Grandes Lagos de Sangre de África. Nunca más!!

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Sobre la Declaración de Bolonia

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La reforma universitaria para implantar y aplicar los criterios de la Declaración de Bolonia (la aplicación de Bolonia, a secas, en términos coloquiales) está originando una fuerte contestación por parte de profesores y estudiantes. He de reconocer que yo, inicialmente, no veía con malos ojos el cambio que iba a provocar Bolonia: 1) Facilitar la movilidad de estudiantes, 2) Estructurar los estudios en 3 niveles (Grado, Máster, Doctorado), y 3) Articular los programas en créditos europeos. Estos cambios, en si mismos, no tenían por qué ser malos. El problema estriba en que se está haciendo mal, se está explicando aún peor y, de paso, se está sacando partido de la reforma para hacer cosas que no tienen nada que ver con Bolonia. Así, por ejemplo, es ya prácticamente incuestionable que estamos asistiendo a una privatización y mercantilización de la universidad pública. Se anunció en un principio que habría titulaciones que se fusionarían, otras que desaparecerían, etc. El revuelo que se montó fue tan grande que el gobierno tuvo que rectificar, anunciando que no desaparecerían carreras. Me comentan profesores de universidad críticos con Bolonia que en realidad no se está apostando por mejorar la calidad de la enseñanza sino que, al contrario, la implantación de Bolonia se está quedando en una mera reducción de los estudios de 5 a 4 años (cuando en Europa los Grados serán de 3 años, en la mayoría de los países), suprimiendo simple y llanamente ciertas asignaturas y manteniendo las restantes, para que cuadren las cuentas, pero sin reorganizar verdaderamente los enfoques, contenidos, ni recursos didácticos.

Al final corremos el riesgo de tener una universidad en la que los Grados sean una generalidad que tiene todo el mundo y que no garantizan por sí solos el acceso a un buen puesto de trabajo. Y que éstos queden reservados para aquellos estudiantes que, tras el Grado, hayan podido pagarse un Máster que les proporcione los conocimientos específicos y las prácticas necesarias para acceder al mercado laboral.

¿Qué pensáis?